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sexta-feira, 6 de novembro de 2009

LA CRISIS OBLIGA CADA VEZ A MÁS CIUDADANOS ESPAÑOLES A REBUSCAR COMIDA EN LA BASURA


Un amigo me envió este artículo. Confeso que estoy emocionada. Siempre miré esa situación con nuestros hermanos de África y Latino américa. Las politicas públicas tienen que ser aplicadas en todos los pueblos. Comparto con las personas que visian mi blog. Es un relato triste pero necesario para reflexionar sobre la ciudadania.


"Trabajadores en paro. Mujeres separadas que se han quedado sin trabajo. Inmigrantes que no llegan a final de mes. Padres de familia que cada noche se tragan su orgullo para buscar la comida de sus hijos en cubos de basura. Ciudadanos a los que nunca se les había pasado por la cabeza que acabarían rebuscando comida entre desechos. Cada vez son más, lo aseguran ellos mismos. Lo aseguran los responsables de los establecimientos a los que acuden cada noche.Es, recoge La Vanguardia en un interesante reportaje de Luis Benvenuty y Raúl Montilla, la otra Barcelona. La de la gente que no pide ni siquiera ayuda y a la que le dan igual los adornos navideños. Son ciudadanos anónimos a los que la necesidad empuja a rebuscar entre los contenedores de basura a las puertas de los supermercados. Reconocen que a eso uno nunca se acostumbra. Es demasiado humillante.La estampa se repite cada noche en muchas esquinas de Barcelona. Mónica - si hubiera podido elegir su nombre al nacer se llamaría así-tiene 58 años. Está divorciada. Se esconde del frío y de la vergüenza en un portal de calle Escocia, cerca de la avenida Meridiana. “Es que si alguien se entera de lo que estoy haciendo me muero. De verdad que me muero”. Asegura que la mejor basura es la de los supermercados Lidl, precisamente el que está esperando que cierre. “Yo vengo un par de veces a la semana, desde hace unos nueve meses, para echar una mano a una mujer mayor vecina mía que tiene una pensión de 300 euros y artrosis. La pobre no se puede levantar ni siquiera de la cama”, añade.Los productos, prosigue, están a tres días de caducar, separados, en contenedores fregados, todo limpio. “También cojo cosas para mí, algún salchichón, un bidón de detergente, una lata de tomate… Cosas que cuestan dinero. Mis hijos tienen novia y trabajan en una empresa química ¿Qué dirían sus compañeros de la oficina si supieran que su madre hurga en la basura? ¿Y sus novias?”. Mónica se ganaba la vida limpiando casas y oficinas, pero una neumonía la mantuvo 18 meses de baja. Cuando se recuperó a medias, el mundo ya estaba en crisis. “La gente ahora no tiene dinero, prefiere limpiarse su casa. Tengo una pensión de 300 euros, y el alquiler me cuesta 200 ¡Si mis vecinos se enteran de esto me muero!”.Algunos supermercados cuentan con un servicio especial de recogida de desperdicios. Los desechos duermen dentro de sus locales esperando los camiones que llegan a la mañana. Pero la gran mayoría de los supermercados de Barcelona opta por dejar sus restos en la calle de la mejor manera posible para los que los puedan aprovechar.Normalmente no es política de empresa. Son los encargados, los mozos, los reponedores o las cajeras los que se preocupan para que el trance sea lo menos repugnante posible. Algunos establecimientos de restauración hacen lo propio, caso del Viena de la calle Pelai. Cada noche sus trabajadores dejan una bolsa llena de bocadillos y ensaladas para quienes lo necesiten a eso de las dos de la madrugada.Unos diez minutos después ya no queda ni rastro. Siempre ha habido gente buscando en la basura. Siempre. Aunque los que llevan años sacándola al cierre nunca habían visto a tantos, y tan diferentes. De todas las edades. Procedencias y, normalmente, ordenados.Los de cada supermercado suelen conocerse. Traban amistad. Mónica conoce muy bien a la anciana que tiene a su marido enfermo en la cama. A la mujer china, que apenas habla castellano, que hace un par de meses se quedó sola cuando su marido se quedó sin trabajo y regresó a su país. También a la pareja de extranjeros que da mucho miedo yque esta noche no ha venido. Yala pareja de estonios.“A veces buscar comida es una locura. La gente se lanza y hay peleas”, explica Krants, de 22 años, el estonio, en perfecto inglés. “A pesar de que hay comida para todos”, agrega su novia. Están en paro. Hace quince meses que buscan comida entre los restos. “Vamos cambiando de sitio, buscando los más tranquilos”, aseguran.En otro punto de la ciudad, en la calle Llull, la persiana metálica del Sorli Discau asciende con un estruendo. “Son familias normales que lo están pasando mal por la crisis. A todos nos puede tocar”, explica un empleado empujando los cubos. Antes de que el trabajador haya entrado de nuevo en el supermercado, las sombras de cuatro adultos y dos niños con carritos de la compra y bolsas de plástico se abalanzan sobre los contenedores. El silencio es ensordecedor.“No es nada agradable. Soy soldador, cobro mil euros. Tengo dos hijos y mi mujer ahora no trabaja. Sólo por el piso pago 850 euros ¿Qué voy a hacer? ¿Morirme de hambre?”, explica un hombre con rasgos sudamericanos.No quiere decir su nombre, ni su país de origen siquiera, por si se entera algún compatriota. “Es humillante, pero tengo que pensar en mis hijos”. Lleva cinco años en Barcelona. Mete su cuerpo en cubos de basura desde hace pocos meses. Su único pensamiento es poder salir a la luz cuanto antes.A pocos metros, en la avenida Marina, poco antes de las diez de la noche, Abdul busca pescado en buen estado en una bolsa de basura abierta en canal. Está llorando. Aparta las hamburguesas de cerdo. Es musulmán. Marroquí. Diez años en España, los dos últimos con papeles. Trabajaba de vigilante de seguridad en obras, para una de esas empresas abanderadas por una rueda de carromato bicolor, hasta que le echaron hace ocho meses. Desde hace dos busca comida en contenedores. “No puedo volver a Marruecos, porque allí no me queda familia. Hace poco murieron mi padre y mi madre. Estoy de alquiler en una habitación y pago 300 euros”, explica.“Yo era electricista -dice el palestino Rachid Ridan-y también mecánico, y tengo un hijo de ocho meses”. Todo transcurre en apenas cinco minutos, el tiempo necesario para separar en la acera la comida en condiciones de la que da asco, repartírsela y dejarlo todo impoluto, como si no hubiera pasado nada. No les gusta dejar huella.“La mejor basura que he visto es la de un Caprabo cerca de la Sagrada Família - retoma la mujer a la que habría gustado llamarse Mónica-,allí pueden encontrarse hasta gambas. Lo que pasa es que por allí va una mujer rubia que está loca, una que le dejó el marido y se le fue la cabeza. Una vez vi cómo le tiraba una bolsa de alcachofas a un chino a la cabeza… Y luego le pegaba entre las piernas con una barra de hierro. Prefiero mi Lidl. Lo único malo que tiene es que a veces tardan mucho en sacar los contenedores, y pasas frío esperando”.Los trabajadores del Caprabo de Sagrada Família reconocen que las peleas eran habituales hasta hace pocos meses. Que cuando los desperdicios eran pocos preferían guardarlos en su almacén a fin de evitar discusiones. Que en ocasiones los repartían ellos mismos en bolsas para que nadie se pegara. “Pero la rubia aquella que daba tantos problemas ya no se deja ver -añaden los empleados-. El perfil de las personas que vienen ha cambiado mucho desde que empezó la crisis. Son gente educada y muy necesitada, de aquí y de allá, no tienen pintas de tener la casa llena de bolsas de basura, lo único que tienen es hambre”.“Sí, estos chicos del supermercado son muy majos”, dice una mujer de avanzada edad, barcelonesa, que se protege de la lluvia con una toalla en la cabeza. “A este señor no hace falta que le preguntes porque no habla nada”. El anciano sonríe y muestra las palmas de las manos. “No sé si es mudo o inglés. Pero así nos llevamos mejor. Porque han sido las perrerías de los hombres las que me han llevado a esta situación. Yo antes vivía bien”.Los peatones aceleran el paso porque la lluvia aprieta. La mujer, lúcida y sensata, prefiere no dar detalles. Prefiere protegerse con ironías. “No, si yo esto lo hago para conocer gente, en realidad soy multimillonaria, pero meter la cabeza en la basura es más divertido que ir de compras ¡Una pizza!”. Guarda toda la comida, ordenadamente. La mujer se pone otra vez la toalla liada en la cabeza y se marcha bajo la lluvia a paso lento. Las nubes negras auguran que tardará en amainar. “Yo ya no celebro la Navidad”, grita empequeñeciéndose al final de la calle."

terça-feira, 14 de julho de 2009

BURKA: UN FARO SIN LUZ



Hoy recebí de una querida amiga, esa nota. Me gustó mucho y comparto con todas las personas que visitan mi blog.

Es una nota de José Escuder.


Burka: un faro sin luz.


Hace cuatro décadas que paseo por La Rambla de Barcelona y pensaba que lo había visto todo. Como el Ayuntamiento lo permite, he visto, por ejemplo, a gente pasear desnuda. Como el Ayuntamiento no lo permite, pero lo tolera, también he visto todo tipo de delitos en mitad de la calle. O casi todos.Porque el sábado pasado vi por primera vez a una mujer paseando con burka. Una mujer que paseaba dócilmente all lado de su marido, dos niños y un hombre con aspecto de guardaespaldas. La mujer era muy alta, esbelta, y el color del burka le hacía parecer un faro negro. Un faro sin luz. Cuando la vi caminar, recordé aquella frase de un papa que decía: "Toda mujer debería avergonzarse por el hecho de haber nacido tal". Seguramente esta mujer no sabía oído hablar de este papa, llamado Clemente, pero satisfacía su deseo a la perfección. Estoy afirmando que era una mujer por mera suposición, porque su ropa no dejaba intuir el más mínimo rasgo de género. ¿De qué se avergonzaba esa mujer para esconderse así?. ¿De qué podría avergonzarse su marido para ocultarla de esa manera?. Todos sabemos qué delitos pueden llevarnos a prisión, pero, ¿qué delito hay que cometer para tener que llevar la prisión a cuestas?.Al llegar a la Fuente de Canaletas, los niños se pararon a beber agua. Bebieron ellos, el marido y el guardaespaldas. Pero a la mujer que iba allí dentro, nadie le preguntó si tenía sed. Eso, a pesar de que en el interior de ese traje la temperatura debería llegar casi a los cuarenta grados.Desoyendo las recomendaciones de mi acompañante, me acerqué al marido y, con toda la amabilidad de la que soy capaz en situaciones donde me apetece cualquier cosa menos ser amable, le pregunté qué delito había cometido su mujer para arrastrar por la calle, como un fastasma, ese tipo de condena. Como el marido dijo no hablar inglés, le pregunté al guardaespaldas. Este tampoco respondió, y cuando le prometí a mi acompañante que el tercero iba a ser el último intento, el hijo mayor, que tendría unos doce años, me respondió en un simpático inglés:- No crime. She is a woman.El padre le felicitó con una sonrisa, lo que demostró que sí conocía el idioma, y ambos se marcharon con sus pantalones cortos y sus sandalias, mirándome como si yo fuera un paleto que acaba de llegar a la gran ciudad.Según la OMS, cada año, en el mundo, dos millones de niñas son víctimas de mutilacón genital. Sólo en Bangladesh, los rostros de cientos de mujeres son rociados con ácido por parte de sus maridos o pretendientes. En Paquistán, cuando una mujer es violada, si quiere denunciar debe presentar cuatro testigos que demuestren su resistencia: si no lo consigue, aparte de la violación, además es arrestada por mantener relaciones sexuales ilícitas. Según Amnistía Internacional, en la India, casi la mitad de las mujeres reconoce sufrir empujones, patadas y puñetazos por parte de sus maridos, como castigo por cuestiones de limpieza doméstica, celos y demás. En un país como el nuestro, donde las mujeres son amenazadas, humilladas, golpeadas, apuñaladas y tiroteadas con el simple argumento de que sus parejas se creen con el derecho a hacerlo, en un país así, deberíamos tener mucho cuidado con tolerar ciertas conductas. Exhibir a una mujer con burka es justificar a los maltratadores, tanto si llevan toda la vida ejerciendo, como si tienen pensado comenzar a ensayar un día de éstos. Ser tolerante con otras culturas no debe significar ser cómplice de sus torturas. No importa lo que digan los ulemas o los papas. No importa que el Dios de La Biblia, que es el mismo que el de El Corán, afirme que el hombre es libre de vender a su hija como esclava sexual (Éxodo 21:7-11), o que diga que si un hombre en la noche de bodas descubre que su mujer no es virgen, deberá lapidarla en el umbral de la casa de su padre (Deuteronomio 22:13-21). Si las religiones son machistas, no es porque el hombre esté hecho a imagen y semejanza de Dios, sino porque es ese Dios el que está hecho a imagen y conveniencia del hombre. El deseo de santificar a las mujeres vírgenes y desconfiar del resto, obedece más a un trauma psicoanalítico que a una revelación espiritual. El hombre puede esconder sus inseguridades dentro de un burka, pero así jamás curará sus miedos. Se odia lo que más se teme, porque a veces se teme lo que más se desea. Y cuando el miedo se convierte en cultura, es fácil que la violencia se convierte en tradición. Como dicen los anti-taurinos, la tortura no es cultura: es sadismo. Si a un terrorista de ETA que acaba de asesinar a varias personas, durante el interrogatorio se le pusiera la capucha de un burka, esa dificultad para respirar ya sería considerada una tortura y todos nos escandalizaríamos.Bueno: todos, menos los familiares de sus víctimas.Lo que no se permite en el interior de una comisaría, no debería tolerarse en medio de la calle.La resolución 49.25 de la Asamblea Mundial de la Salud proclama que la violencia contra la mujer es un tema de Salud Pública y de Derechos Humanos, y exhorta a los Gobiernos a comprometerse en su prevención. Condenar a una mujer a vestirse como si fuera tu sombra, y obligarla a ver la vida a través de unos barrotes de tela a los que ni siquiera puede agarrarse, en una ciudad como la mía y en un país como el nuestro, esto debería ser considerado un delito. El hecho de ser mujer no debe estar por debajo del hecho de ser humano.Porque si es verdad que las mujeres deben avergonzarse por el hecho de ser mujeres, entonces todos los hombre deberemos avergonzarnos por el hecho de ser sus hijos.